Cómo no educar en valores: Conclusiones

Decir que los jóvenes tienen que construir sentidos y definiciones alrededor de conceptos morales no significa negar que los “adultos” tienen un papel importantísimo que jugar. Nadie cree en la versión romántica que afirma que los niños se auto-educan mientras los “adultos” no se metan. Esta acusación simplemente es un hombre de paja, utilizado por el típico “intereconomista” liberodigitaliano para intentar desacreditar los principios libero-democráticos. Que no quepa duda, pues: los profesores, padres y otros adultos pueden ofrecerse como guías, ser modelos (esperemos), y presentar retos que promueven el crecimiento moral y ayudar a que los jóvenes entiendan los efectos de sus acciones sobre los demás.

La educación “en valores” (ampliamente ridiculizada por mucha gente que la ha sufrido) descansa sobre tres patas ideológicas: comportamiento, religión (especialmente católica-romana, en el caso español) y cierto tradicionalismo que nada tiene que ver con la libertad. De estas tres, la religiosa es la más delicada para un crítico. Vamos a ser claros: la grandísima mayoría de los defensores de “educación en valores” en España son católicos confirmados y convencidos. El problema que nadie se ha atrevido aquí a decir, y que yo diré, es el siguiente – y esto es lo que me pone en riesgo de ofender a más de uno hoy y perder hasta amigos: lo cierto es que no solamente la “religión” puede servir como fundación de una persona ética-moral. Es posible una ética moral sin religión (la religión tampoco excluye ser moral, que nadie se confunda – pero no es la única manera). No os podéis imaginar la cantidad de hermanos cristianos en la fe que cometen este error lógico – la mayoría de nuestra iglesia afirma, sin tapujos, que no es posible tener valores éticos y morales sin referencia a Dios, el Dios de la Biblia. Eso es completamente falso y no lo acepto. Si por decir esto me cuesta una controversia entre cristianos, adelante – atrévete a contradecirme, pues a mí no me comparan a Lutero en vano. Si te tengo que pegar para que entres en razón, lo haré.

Lo que un católico haga en misa el domingo es su problema, pero si lo que pretenden es convertir nuestros centros de instrucción pública en centros de catecismo y un alumnado compuesto de curas y monjas, entonces es problema de todos.

Aún ignorando los fundamentos papistas que sustentan el movimiento de educación “en valores”, las cinco cuestiones presentadas en esta serie pueden ayudarnos a ilustrar la circunscripción natural de adeptos que pueda tene dicho movimiento. Lógicamente, esta gente cree que deberíamos centrar nuestros esfuerzos en corregir el comportamiento de los jóvenes, en vez de transformar los ámbitos en los que aprenden. Son aquellos que piensan que toda la juventud está compuesta de delincuentes potenciales, y prefieren optar por exigir la obediencia ciega de ésta y prefieren que se tome como “inteligentes” a los que se tragan un menú entero de “verdades” previamente existentes. Si te reconoces en esa descripción, es obvio que estás encantado de conocer la situación actual y defenderla a ultranza. No vaya a ser que a los jóvenes les dé por pensar, y entonces tenemos un problema gordo entre nosotros.

Los demás tenemos que tomar una decisión: presentar nuestras ideas como alternativas a la “educación” en valores, y así ceder esa etiqueta a los intereconomistas, o intentamos reclamar un uso más amplio e inclusivo del término, como otro tipo de educación de calidad – otra educación sí es posible (perdonad el cliché).

La verdad es que es una agresión contra la lengua usar una sóla frase para describir prácticas tan distintas como la de obligar a que los alumnos piensen en la Justicia, por un lado, y obligarles a vestirse como todo el mundo, por el otro. Es difícil convencer a la población que “tener valores” no significa “ser bueno y moralmente recto”.

Querer que la juventud sea “tradicional” en sus valores no significa que los colegios se conviertan en conventos, al igual que si queremos que los jóvenes estén físicamente “bien” no requiere convertir los colegios en campos militares.

Una buena idea que se podría adoptar es usar la literatura para enseñar ejemplos distintos de valores. En principio, esta idea es muy buena – tiene mucho sentido elegir distintos cuentos que ayuden a que los alumnos no solo desarrollen su lectura (y apreciar algo bien escrito), pero también pensar en distintas situaciones morales. El problema es que muchos programas mediocres utilizan simplismos morales en lugar de literatura rica y compleja. Imaginaos qué tipo de cuentos literarios elegiría alguien como el típico lector de Intereconomía – gente que cree que los jóvenes no son capaces de pensar por sí mismos sin la tutela de mayores. Quizá lo que temen no es que no sean capaces de leer algo complejo, sino no “derivar” la moral que ellos quieren. En vez de anunciar: “Este hombre es un héroe; debes ser como él”, sería mejor preguntarle a los propios alumnos quién es el héroe y por qué. Que sepan justificar sus fundamentos. Incluso, esto hasta podría invitar a que los estudiantes piensen sobre si es deseable tener héroes. Imagínate la discusión-debate de calidad que podrías tener en tu aula si le preguntas a los estudiantes que respondan a la declaración del dramaturgo famoso Bertold Brecht: “Triste es la tierra que necesita un héroe”. ¡Fascinante!

Otra cosa: piensa en el formato de las discusiones en clase. Un defensor intereconómico de la educación “en valores”, invocará valores tradicionales como “paciencia” y “respeto”. Dirá que un alumno sólo debe hablar cuando la profesora le reconozca o le diga que es su turno. ¿Y si le preguntamos a los estudiantes sobre cuál es la mejor manera de dirigir una discusión? ¿Debemos levantar la mano? ¿Hay otras maneras para evitar que todos estén hablando a la vez? ¿Cómo podemos ser justos hacia los que no son tan efusivos y participativos, porque son timidos? Quizá el problema no reside en el alumnado que necesita “disciplina”, sino con un diseño institucional caducado que exige que los alumnos esperen a ser reconocidos por UNA persona que, en la mayoría de los casos, no es más que un funcionario estatal.

Otro ejemplo: Un defensor de la educación en valores dirá que tenemos que enseñarle a los jóvenes que es malo mentir; que debemos enseñarles la importancia de ser honestos. Sin embargo, ¿por qué mienten las personas? Normalmente, porque no se sienten lo suficientemente seguros en ciertas circunstancias como para decir toda la verdad o la verdad. El verdadero reto es examinar esto según lo que está pasando en las aulas, preguntarse cómo nosotros y nuestros jóvenes podemos asegurarnos que una verdad debería decirse incluso cuando ésta sea muy fea y que se diga en libertad. No es aceptable mentir, y nadie defiende poder mentir con impunidad – pero tenemos que aprender a diseccionar y resolver desde el fondo de las cuestiones. No se trata de formar personajes individuales, sino transformar las estructuras educativas, políticas, legales, sociales y morales. Quizá eso sea demasiado “revolucionario” para ciertas personas que pululan a veces por aquí – si eres uno de ellos, véte ahora mismo si no te sientes cómodo.

Ya he terminado con esta serie. Mañana o incluso hoy a la medianoche, colgaré un nuevo artículo que también es controvertido para algunos, sobre el exceso de moral en el Derecho Penal y qué hacer para reducirlo.

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One comment

  1. Calvinista Hispano · ·

    Alfredo, ahora entiendo por qué tiene mala relación con algunos hermanos en la fe. Este artículo es muy valiente, pero lamentablemente no todo el mundo lo sabrá apreciar.

    Comparto lo que usted dice porque además lo vivo de cerca. He visto cantidad de gente justificar que se debe vejar a un alumno por completo “porque asi era antes”. Sin embargo, creo que esta web siempre tuvo una mayoría de lectores que criticaba ese planteamiento.

    Un saludo

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