Hace tiempo que tenía pendiente escribir sobre el capitalismo que yo defiendo pero no había tenido tiempo debido a las clases. Pero, tras una serie de eventos esta semana de los que todos hemos sido testigos, me dio por escribir sobre el capitalismo. Ayer me acordé de las críticas que recibí en el 2008 por parte de unos jóvenes asalariados que trabajaban en una empresa situada en el mismo edificio donde tenía mi empresa, casi enfrente de la Plaza de Colón, donde ondea nuestra preciosa bandera monárquica y constitucional. Me criticaban porque uno de mis colaboradores se gastó 1.000 euros en una comida de trabajo en plena “crisis”, como si tener dinero fuése algo malo. Les recordé que gracias a gente así, ellos tenían empleo y que deberían sentirse más agradecidos a los “ricos” de nuestro país que son los que más pagan para sacar al país de la miseria moral y económica que este tipo de gente representa. Uno de ellos incluso llegó al extremo completamente antibíblico de decir que “el capitalismo no es cristiano” — algo que el propio Zapatero, un analfabeto en cuestiones bíblicas, también intentó colar en Washington D.C. Les contesté que la doctrina católica no es, por supuesto, bíblica, ni la Biblia habla en ningún momento de “justicia social” ni de “redistribución de la riqueza.” Pero, así es como se las gastan los papistas, y Zapatero lo demostró en EEUU diciendo estupideces que pervierten la Palabra de Dios. Mucha razón tenía Unamuno cuando decía que en España, hasta los ateos son católicos. Sigo pensando que el catolicismo supone una tara para estos desgraciados países latinos que llega a impregnar hasta a los más ateos: la santurronería, el papismo, la actitud tímida y piadosa y empobrecedora son rasgos indiscutiblemente católicos. Donde quiera que la Iglesia Católica se ha instalado con fuerza, sólo ha traído miseria, superstición, delincuencia, ignorancia y retraso mental. Sé que me leen muchos católicos pero no, no os voy a pedir perdón por mis declaraciones. Sé que hay católicos lo suficientemente inteligentes para distinguirse de su Iglesia como institución.
Para los amigos del capitalismo, los dos últimos años no han sido agradables. Primero, fuimos testigos de una cascada de calamidades anti-mercado que parecían destinadas a avalar las críticas más estereotipadas contra la libre empresa – completa con los inversionistas imprudentes, los préstamos irresponsables, el endeudamiento irresponsable, la especulación desenfrenada, colapso financiero, falta de regulación, jubilados apunto de perder sus ahorros y su vida, mientras que esos “putos banqueros egoístas” de Wall Street seguían adquiriendo bonos, e incluso Greenspan disculpándose por permitir demasiada manga ancha.
Luego vinieron los rescates y las famosas “medidas anticrisis”. Para poder combatir el socialismo, es necesario primero conocer qué clase de capitalismo defendemos aquí.
No es tarea fácil explicar estos puntos. Después de décadas de pensar que no volveríamos con el socialismo, muchos amigos del capitalismo han perdido el rumbo y no saben de qué se trata cuando hablamos de capitalismo democrático, sus vicios y virtudes, sus puntos fuertes y debilidades, sus políticas y morales, así como sus justificaciones económicas. Nuestra primera tarea ahora es por tanto una recuperación de ese entendimiento, que permitirá aclarar tanto nuestras objeciones a la dirección política del momento y de nuestras recetas para el tipo de España que queremos ver. Espero ofrecer aquí un breve esbozo de lo que esta recuperación podría implicar, y hacia dónde nos podría dirigir.
Debemos empezar en el siglo XVIII, que es cuando nació nuestro actual estílo de vida y tenemos que abrir el libro de Adam Smith. El padre de la economía moderna, era un filósofo moral – un estudiante de la naturaleza humana y las instituciones sociales, y sus teorías de la economía política son un elemento de su proyecto más amplio que trata el tema de los apetitos humanos.
Smith comenzó con una visión mediocre de la naturaleza humana – ni utópica ni cínica. Él creía que, si bien los seres humanos son fundamentalmente egoístas, se nos podría orientar hacia la benevolencia. Nuestros sentimientos, dijo, comienzan con una auto-estima que se expresa en nuestros deseos de atención y reconocimiento, y motiva mucho del comportamiento humano. Incluso nuestra solidaridad comienza con nosotros mismos: podemos sentir compasión por alguien con problemas, ya que podemos imaginarnos a nosotros mismos en su situación.
Sin embargo, para Smith, el hecho de que nuestra propia observación se exprese en un deseo de aprobación social ofrece una oportunidad para la educación moral, y para moderar nuestras pasiones y nuestros apetitos salvajes y carnales para hacer posible la vida civilizada. Nuestra capacidad de empatizar con otros nos permite reflexionar sobre nuestro propio comportamiento, para preguntar: “¿Qué dirán de mí?” Y en esta cuestión – en la que el observador imaginario “imparcial”, como dice Smith – está el principio del orden social y de autocontrol, así como el primer impulso hacia la conformidad moral común y las normas sociales. Dentro de mí, siempre he pensado que en realidad los anti-capitalistas son unos desviados morales por oponerse a esta realidad, una especie de soñadores no convencionales, anti-sociales en realidad, y algo desestabilizadores en ciertos entornos donde pervierten el orden establecido en su deseo de acabar con divisiones y barreras como las fronteras, las desigualdades, la división del trabajo, y las diferencias entre las capacidades intelectuales, culturales, sexuales, et cétera. El otro día, un comentarista me acusó de ser como “los malos de las películas” y me vino inmediatamente a la mente la película americana el “Karate Kid” donde el joven débil, tutelado por Mister Miagy, es protagonista de los “buenos” y los “malos” son los otros jóvenes que abusan de él pegándole palizas y mofándose de sus orígenes. Hay una parte de la película donde los “malos” le dicen a la madre, entre risas: “señora, nos gusta mucho su coche.” Esa escena da a entender que burlarse del cacharro-coche de una persona es “malo”. También podría dar el ejemplo que ahora está de moda, eso de decir que “¿qué más da la ropa?” No me gusta, como persona, Juan Ramón Rallo pero recomiendo, en relación con eso de las marcas y la apariencia, éste artículo.
Así es como, en una sociedad que funcione bien, nuestras tendencias sentimentales pueden convertirse en simpatías y decencia hacia el “otro”. Pero, para que la “sociedad” funcione bien hace falta tener las instituciones sociales destinadas a canalizar los sentimientos hacia este tipo de formación moral. Esas instituciones fueron a lo largo de su vida una obsesión para Smith. Él era, por encima de todo, un estudioso de los acuerdos sociales entre seres humanos.
Estas virtudes moderadas ilustran una gran virtud: el dominio de uno mismo, o auto-control. Esto es lo que Smith cree que es realmente la clave de la sociedad liberal. “Dominio de sí mismo”, escribe, “no es sólo en sí mismo una gran virtud, sino que todas las demás virtudes parecen derivar de eso su brillo principal”. Y define dominio de sí mismo como la capacidad de aplazar la gratificación y de las restricciones sobre el apetito, o en una palabra: la disciplina.
Así que en lugar de con coacción, tal acuerdo institucionalista se llevaría a cabo de una manera general, a través de formas institucionales con normas claras para jugar y de esa forma promover nuestros intereses, pero sin obligar a crear determinados resultados.
Como buen liberal, Smith creía que la prosperidad material era esencial para ser personas más “completas”, y así se centró en su filosofía moral. También pensó que la riqueza era una condición previa para tener una sociedad decente que pueda simpatizar con el dolor ajeno – no podemos cuidar de los demás si nosotros mismos tenemos hambre. Su visión de la vida social requiere por lo tanto una enseñanza económica desarrollada en torno a algún arreglo institucional que podría ayudar a producir prosperidad, mientras que la disciplina y fomentar las virtudes moderadas y el dominio de sí mismo son medios para mejorar nuestra condición. La Riqueza de las Naciones ofrece precisamente esa enseñanza, y la institución adecuada: el mercado libre. En el hilo de comentarios iremos hablando con más detalle, si procede, sobre Smith y su punto de vista democrático de que un país feliz necesitaba tener mercancía y comodidades a precios asequibles.
No hay hoy, y tal vez nunca ha habido, una crítica económica seria contra los principios fundamentales del capitalismo. Sólo hay críticas morales. Incluso los opositores del capitalismo que proponen sistemas alternativos – como los socialistas y comunistas de los siglos pasados – en general, ofrecen sistemas morales, y no teoría económica real.
Las críticas morales contra el capitalismo normalmente se encuentran en dos categorías. Una, popular entre los socialistas y comunistas, es que el capitalismo es injusto para los pobres. Esto es una estupidez. Los pobres en Occidente, y cada vez más también en otros lugares como China y la India, no han tenido mayor libertador que Adam Smith. Es cierto que la desigualdad persiste, por supuesto. Sin embargo, el nivel de vida de los pobres ha aumentado de forma espectacular con el capitalismo, y la posibilidad de escapar de la pobreza sólo se da en las economías capitalistas. Hoy, en Occidente, las causas de la persistencia de la pobreza tienen mucho más que ver con la cultura que con la “injusticia” económica.
Luego está la crítica muy moralista pero más importante de que el capitalismo sólo nos conduce hacia el nihilismo. Los críticos que siguen esta línea son variopintos: los tenemos en la derecha, en el centro y en la izquierda. Santo Tomás de Aquino escribió: “El comercio destinado a los beneficios es más censurable, ya que el afán de lucro no conoce límites.”
Adam Smith esperaba, por el contrario, que el mercado libre daría lugar a la disciplina y pondría límites a nuestros apetitos. Pero, es cierto que resulta que nuestra época capitalista no es una época de disciplina. Todo lo contrario. Nuestra sociedad demuestra un apetito sin límites. Nuestro principal problema de salud pública es la obesidad. Nuestro patologías sociales más importantes son el resultado de una ausencia de moderación sexual y de responsabilidad personal. Nuestra cultura popular es, muchas veces, una mezcla diabólica de decadencia y vulgaridad filistea. Y nuestra vida pública es una fiesta desenfrenada – pedir prestado más de lo que se puede pagar; gastamos más de lo que tenemos, y utilizamos más de lo necesario. A pesar de nuestra inmensa riqueza, nos las arreglamos para vivir más allá de nuestros medios. De hecho, casi es justo decir que no nos falta nada, excepto la disciplina. Pero, como Adam Smith ya advirtió, la disciplina por encima de todo es lo que necesitamos para ser libres. Esto no es un problema menor para el caso del capitalismo.
Entonces, ¿qué pasó? En parte, Adam Smith seguramente subestimó los retos de mantener las normas morales en medio del dinamismo económico. Sus expectativas se basaban en una suposición de lo que nos parece que era el consenso social y moral de su época, en una sociedad homogenea en términos religioso-culturales. La pérdida de ese consenso, provocada en gran parte por nuestra propia economía capitalista, es un hecho que define la vida occidental de estos tiempos, La disciplina del mercado no es suficiente para colmar la brecha. Por lo menos, Smith se había equivocado al suponer que el capitalismo podría producir suficiente autoridad moral para sostenerse a sí mismo. Esa autoridad y el orden tendría que venir de más tradiciones morales y las instituciones culturales más allá del mercado. Y nuestra defensa del capitalismo, por lo tanto, debe ser también una defensa enérgica de esas instituciones – la familia tradicional (padre + madre en matrimonio), religión y tradición. El capitalismo democrático en su mejor forma combina lo mejor de estos con el poder del mercado – nunca un reto fácil, pero merece la pena intentarlo.
Pero, en parte, también hemos dañado la visión capitalista de Smith en formas que afectan precisamente sus poderes de civilizadores, y que hacen cada vez más difícil para nosotros cosechar los beneficios del sistema liberal. Las dos características claves de la economía política de Smith – su carácter democrático y popular y su efecto disciplinario – han sido objeto de mofas y ataques en nuestros tiempos: la primera es la creciente connivencia entre el gobierno y las grandes empresas, y la segunda, un estado de bienestar en expansión y con un alcance más allá de ayudar a los más necesitados. Para defender el capitalismo, tenemos que también atacar estas dos ruinosas tendencias – tendencias que han convivido durante mucho tiempo con nosotros, pero se han intensificado peligrosamente en esta época de Obamas y Zapateros.
Smith también deja claro que la universalidad del mercado es imprescindible para que pueda tener efectos sobre los trabajadores individuales, así como las grandes empresas (que también necesitan cumplir la ley, a diferencia de ahora). A medida de que más personas, también protegidas o excluidas del mercado ha ido aumentando, la organización y el poder disciplinador del sistema se ha debilitado considerablemente, dejando un vacío tentador para políticos populistas repletos de malas ideas. El estado de bienestar moderno tiene exactamente este efecto. El Estado de bienestar surgió como una respuesta adecuada a los trastornos causados por el capitalismo a ciertas personas, y para ayudar a “paliar” la pobreza que siempre tendremos con nosotros. Y cuando se trata de los más pobres de los pobres, que no pueden subsistir sin ayuda (retrasados mentales, por ejemplo, discapacitados, etc), una sociedad decente debe ofrecer ayuda. Pero el actual estado de bienestar se extiende mucho más allá de los indigentes y estos otros elementos sin salvación, causas perdidas. La mayor parte de nuestro sistema de derecho está dirigido a los ancianos, pero no tiene límites: los derechos sociales abundan para todos, y hay quienes incluso piden más: en los EEUU, por ejemplo, ya lo vemos con la reforma sanitaria del Obama.
Bien entendida, la causa del capitalismo que defendemos aquí no es licencia o “laissez faire”. Se trata de que la riqueza nacional es un bien moral, en el interés de la masa de consumidores con normas claras y uniformes de competencia impuestas a todos y sancionar los abusos.
Las sociedades libres y prósperas están en constante necesidad de un conservadurismo social prosaico para recordarnos que de que la libertad y la prosperidad dependen de la moderación y la disciplina moral. El capitalismo hoy sufre problemas porque hemos olvidado defenderlo y por qué motivos. Yo no temo a los ideólogos socialistas — temo a los tecnócratas equivocados que no saben lo que hacen. El público no está satisfecho, incluso está enfadado y con razón Por eso tenemos que, como capitalistas, proceder con claridad en nuestra defensa.
Nuestro propósito es proteger y fortalecer nuestro estílo de vida occidental y libre que ha sacado a miles de millones de personas de la pobreza y ha mejorado enormemente nuestro mundo en innumerables formas, pero siempre parece que no tenemos suficientes defensores de lo nuestro y debemos evitar todo lo posible para caer más en esa socialdemocracia melancólica y decadente que tantos defienden.
En los próximos años, nos corresponde como liberales ponernos a la altura de nuestras ideas y defenderlas con dureza, y tenemos que ver que el capitalismo es una empresa moral y económica – cuya fuerza será indispensable para el futuro de una “empresa” más importante y grande: la propia supervivencia de Occidente y nuestras patrias.