Algo más personal (III)

A pesar de mi individualismo, aprendí bien que mis palabras solían tener un efecto poderoso sobre las personas que me escuchaban. A partir de una fuerte discusión que mantuve por teléfono en el campus (por motivos laborales), me convertí, de la noche a la mañana, en una celebridad del campus. La prensa local me tachó de “el hombre enfadado al móvil” o simplemente “el hombre enfadado”. Hubo mucho comentario sobre el tema, mucha sátira, pero también mucho mito y exageración. Recuerdo que acepté participar (como nunca había hecho en mi vida), en el Varsity Show de Columbia del año 2001. El programa es una de sus tradiciones más antiguas en las que los participantes se burlaban de aspectos grotescos del campus y la vida colegial. Cuando era mi turno para salir en el escenario (teniendo en cuenta además mi “background”/orígenes en teatro como parte de mis actividades o hobbies extracurriculares) francamente me sorprendió ver a miles y miles de estudiantes que me conocían. El público estalló en un aplauso cerrado. ¿Mi actuación? Hacer como que estaba hablando por el móvil y gritar: “¡¡¡ESTÁS DESPEDIDO GILIPOLLAS!!!”

Mucha gente me criticó en su día por haber sido tan agresivo, pero pienso que un ser humano debe ser fiel a su causa. Lo del “hombre enfadado” fue realmente un poste indicador de lo que venía en mi vida personal y política a partir de ese momento. Ya no era el chaval “intenso” que se conocía todas las respuestas en clase de “Armas, Estrategia y Guerra”, dirigida por el catedrático conservador, el Dr. Warner Schilling. Había dado un paso más allá – ya no me limitaba a responder preguntas correctamente sino que daba opiniones y recomendaciones políticas. Recomendaciones tales como otra que se hizo famosa (sin yo anticiparlo) un día fresco de otoño del 2002. Hablando con unos ingleses imperialistas que compartían algunos de mis criterios en política exterior, dije que una de las principales preguntas que podemos hacernos a la hora de contemplar invadir un país es la siguiente: “¿Cuánto dinero costará bombardear tal o cual nación”? No hace falta decir que los “hippis” del campus no estaban muy contentos con mi presencia. Es más, me odiaban. Pero yo seguía a lo mío — un fumador empedernido de tabaco negro (Ducados en España) o, cuando estaba en Nueva York me tenía que conformar con el tabaco equivalente francés: Gauloises negros, con filtro. Entre mis hábitos de fumador “europeo”, mis reuniones cada vez más intensas en las que había whisky escocés, y mi cada vez más duras posturas en políticas, ya no era etiquetado como “el hombre independiente” sino más bien como “el dirigente”. A veces me llamaban “El Presidente”. Participaba activamente en todas mis clases de políticas y matemáticas. No me solía ya perder ninguna clase durante esta época. A diferencia de muchos estudiantes, iba a clase vestido en mi clásico traje gris o azul marino, de la empresa Brooks Brothers, maletín de cuero, pelo repeinado.

A estas alturas también ya formaba parte del Grupo de debate parlamentario en Columbia y había ganado varios premios en competencias debatiendo contra otras universidades — desde Harvard y Princeton, pero también otras menos conocidas en la costa este. A pesar de que en aquellos tiempos yo era bastante conservador, siempre me salía la vena progresista y liberal en los debates, especialmente en temas como el aborto libre, la eutanasia o la religión en las aulas. Sin embargo, a lo largo del tiempo me sentía cada vez más infeliz e insatisfecho. Entré en un periodo de declive académico y personal, sin perder mis formas políticas ni me fortaleza pública. Era irónico — gozaba de seguridad y privilegio prestigioso, pero me sentía como un hombre sin opciones y prisionero de donde estaba y los “deberes” que eso imponía. Notaba como todos mis compañeros querían seguir el mismo camino: terminar la carrera, hacer el Master en Finanzas o el doctorado en Derecho para terminar todos en Wall Street o algún otro distrito financiero. Compañeros competitivos a ultranza, buenos profesores aunque superficiales a ratos, y una sensación de que Nueva York cada vez menos era para mí. “Analista financiero”, “Corredor de bolsa”, “Abogado fiscal”, “¿a qué te dedicas, qué estudias”?, mi vida cada vez era más mecánica y financiera, dirigida por intereses de empresas, aunque siendo un chaval de 20/21 años, todavía no era capaz de expresarlo así. Basura, señores. Basura. Sabía que jamás iba a encajar en un entorno programado por otros, donde yo tenía que aplastar mi personalidad para intereses ajenos a mí. Así que durante un año, me marché de Columbia, fui a Madrid para tomar unos cursos en la Complutense (que fueron debidamente acreditados y reconocidos en Columbia justo a tiempo para graduarme en el 2003). Crucé de nuevo el Atlántico para estar en España y pude ver grandes diferencias entre el estílo de vida español y el neoyorkino. Al igual que le ocurría a todos mis compañeros que estudiaban un cuatrimestre en España, me volví a enamorar de mis gentes, de muchas cosas que aún perduraban en España y que ya eran consideradas “anacrónicas” en sitios más ultracapitalistas. Definitivamente, quería instalarme de forma permanente en España. Y es que, nunca dejé de pensar en la tierra de mis ancestros: Valéncia. Siempre añoraba ir algún día allí, ciudad que ya conocía desde pequeño. Leyendo a Blasco Ibáñez, es increíble el grado de sintonía que sentí con esto: “No se puede decir que perdiera ningún curso. Lo tomaba todo de memoria con una facilidad tremenda de olvidarme todo después. Si no asistía a las aulas universitarias, en cambio me pasaba las mañanas las más de las veces, vagando por los caprichosos senderos de la vega valenciana, cuando no tendido a la sombra de una vieja barca, contemplando el juego de las espumas marinas y soñando con el cisne de Lohengrin”. Muchas mañanas me las pasaba yo mismo soñando con esas tierras mediterráneas, en aquellas mañanas de frío criminal en Nueva York…si bien no podía vagar por caprichosos senderos de ninguna vega, sí podía encerrarme en mi habitación de la residencia universitaria y soñar con que algún día me instalaría en la tierra de las naranjas, huertas y la ciudad de la luz, Valencia.

Terminé la carrera en junio del 2003, pero no fui a mi propia graduación como protesta contra la Universidad de Columbia y muchas prácticas que veía mal a nivel personal. Me mandaron el título por correo postal normal y lo tengo guardado en el ático de mi casa, empolvándose con el paso de los años. No soy un hombre conformista en estas cuestiones. No soy de los que dicen “es lo que hay” y cierro el tema. Tengo 34 años y llevo casi toda mi vida protestando. A lo mejor por eso encajaba tan bien conmigo la etiqueta “protestante”. A lo mejor por eso hasta más de una década después, mi nombre sigue saliendo como “referencia” política de Columbia en libros como éste. .

Del 2003 en adelante mi vida se iba a convertir en una serie de batallas dentro de un contexto de guerra indefinida.

Y así sigo hoy. Inconforme con mi situación laboral-empresarial, consciente de que los responsables están leyendo esto, renuncié a mi puesto la semana pasada. No, tranquilos: trabajo no me faltará. Este cuatrimestre que se avecina impartiré dos asignaturas en la Universidad de Valéncia hasta diciembre, cobrando el sueldo que me correspondía realmente y me siento muy satisfecho no solo de haber ganado la batalla sino también la guerra en este aspecto concreto. ¿Enero? Pues ya se verá.

Sobre mi vida hay muchísimo más que contar, pero considero que a estas alturas sería de mal gusto compartir todo.

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