Algo más personal (II)

Tuve una última cena con mis profesores de bachillerato antes de partir rumbo a Columbia en Nueva York. La verdad es que nunca sentí mucha pasión por ellos y sabía que no les iba a echar mucho de menos. Quizá no nací para ser sentimental en ese aspecto. Me sentí liberado por primera vez, pues ya no necesitaba depender de la firma de nadie para hacer lo que yo realmente quería. 16 años han pasado y nunca he mirado hacia atrás ni echo de menos mi experiencia en el bachillerato. Soy indiferente, si bien sí sé valorar la educación puritana que recibí en Nueva Inglaterra.

No sería exagerado llamarme un individuo Matadragones a partir de ese momento. Era yo “contra el mundo” durante varios años de descubrimiento político introspectivo. Contrario a los muchos mitos que circulan por la red sobre mi persona, nadie me pagó los estudios. Tenéis que tomar en cuenta que me eduqué en un entorno, insisto, puritano. El pedirle dinero a tu familia para pagar por tus estudios no era algo bien visto para mí. Además que nunca conté con apoyos realmente porque vengo de un entorno tremendamente práctico en el que estudiar cosas como “ciencias políticas” se veía como una pérdida de tiempo (por eso tuve que compensar la carrera estudiando algo “serio”, como la ciencia matemática). Todos mis estudios me los pagué yo, fruto de tres cosas:

1. Mi trabajo – llevo trabajando desde los 18 años. No hubo un solo año de mi carrera universitaria en el que no haya trabajado en alguna capacidad – bien como analista financiero en el Departamento de Parques en Nueva York, bien como becario (a sueldo) en alguna revista, bien como tutor de matemáticas en Wall Street (año 2000 y trabajando en horario nocturno de 7 de la tarde a 3 de la madrugada de jueves a sábado)…

2. Becas académicas y premios que me había ganado durante mi etapa de bachillerato — fui guardando ese dinero a lo largo de los años en una cuenta de ahorro con buen tipo de interés. Muchas veces me dedicaba a escribir artículos políticos por los que me pagaban varias revistas. Incluso, llegando a ganar un premio de 6 mil dólares en el año 2000 por haber escrito sobre los tipos de interés en un sistema monetarista. Sí, sí señores: en aquella época la economía estaba tan buena que hasta te pagaban por escribir para distintos organismos políticos privados, siendo estudiante. Ahora como mucho te ponen de becario y les sale gratis.

3. Columbia pagó el resto de mis estudios (por mis notas). Si mantenía mis notas, ellos pagaban el 50% de mis estudios, todo incluído (es decir, incluída la vivienda).

Espero que con estos datos enterremos el mito ese de que supuestamente una “herencia” familiar me pagó los estudios. Nada más lejos de la realidad. Así no es como funciona una mente educada en valores protestantes puritanos tales como: frugalidad, ahorro, austeridad, productividad, perspectiva, etc.

El comprobar la actitud de muchos nuevos ricos en mi campus sirvió como un gran incentivo para mantener mis valores clásicos y austeros…alejado de la ostentación, el lujo desmesurado y el desmadre fiestero, y gracias a Dios que mi vida me permitió ser fiel a mis compromisos morales en la universidad y nunca dejarme guiar por lo que decía una mayoría de nuevos ricos.

Nunca he dejado de pensar que los hombres – y la mujer – que estaban en el comité de admisiones en la universidad en aquellas fechas eran realmente unos apostadores. No sé si realmente sabían muchas cosas académicas o si eran unos eruditos (creo que no) pero tenían premoniciones sobre las personas bastante acertadas. Eran apostadores, hombres increíbles…veteranos de más de 50 años en la universidad trabajando con todo tipo de alumnos. Ya no queda uno en esta época.

Aparte de la señora afro-americana que me entrevistó, también me entrevistó un señor que tenía ya en 1999, 83 años. Era un hombre muy moral, en una manera extraña. No sé ahora pero en “mi época”, las entrevistas eran bastante largas y te hacían todo tipo de preguntas personales. Este señor no le gustaban los rodeos, no se cortaba a la hora de corregirte. Cuando me comentó que estuvo en España durante las revueltas estudiantiles de 1967, me comentó que varios estudiantes de Columbia fueron detenidos por las fuerzas de seguridad del General Franco, al ser partícipes en los alborotos de la Complutense — primavera de 1967. “Fue una dictadura terrible”, recuerdo comentarle, a lo que me contestó: “Más terrible me ha parecido algunas cosas que has dicho en esta entrevista.”

Yo soy de los que llegaron un poco tarde al “relajo” contemporáneo que vemos ahora. Me refiero, por supuesto, a la relajación de costumbres. A mí nunca se me hubiese ocurrido en mi etapa de inocencia ir a clase en chandal, o chanclas, o en algo menos que no fuera corbata de punto, chaqueta clásica, pantalones de vestir y camisa blanca. Mirando algunas fotos de principios del siglo XXI, parecía yo un chaval de los años 40 o antes. Pero no me da ninguna vergüenza decirlo ni haberlo sido. Lo que pasa es que uno es fruto de su educación, valores, etc. Cuando iba a la iglesia hace años, a ninguna mujer se le hubiese ocurrido llegar en pantalones y a un hombre jamás entraría en vaqueros o chandal o sudadera como tanto se estíla ahora.

A pesar de la vulgaridad (para mí) que ya percibía en el campus, hay que tomar en cuenta también que fue una época realmente gloriosa en otros aspectos. Todavía no había pasado lo del 11 de septiembre y la economía parecía que no podía estar mejor. Había mucho optimismo, empleos sobraban y a sueldos impresionantes para todos. Era como vivir los años 20 de nuevo, sin el glamour de la moda ni la fachada moral. Aún se respetaban los títulos universitarios de “élite” porque, de hecho, la única realeza que ha tenido Estados Unidos ha sido, en este orden: Los actores clásicos de Hollywood y los graduados de universidades de élite o de la “Ivy League. Con “realeza” me refiero a querer copiar o soñar con ser como esos individuos.

Tampoco soy de los que encajaban en ningún “club” específico o contexto social de la universidad. No era deportista, pero tampoco era un empollón fanático. No era pijo, pero tampoco moderno. Era simplemente yo, un hombre clásico, me llamaban a veces los compañeros “el hombre independiente”. Siempre fui muy individualista, tremendamente individualista. No ayudaba en nada mi educación en Nueva Inglaterra y menos aún mis orígenes valencianos (en España los valencianos siempre han tenido fama de individualistas, de ir “a lo suyo”).

Más detalles próximamente.

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