Algo más personal (I)

A lo largo de los años, nunca dejan de decirme muchos lectores amigos que esta página es muy impersonal. Se refieren a que supuestamente no doy a conocer lo que ellos llaman la intimidad de mi vida personal, como si eso fuera algo importante. Pero he recibido la misma crítica tantas veces, que en estos días del verano tardío intentaré dar un lado más personal sobre mí. Sigo pensando que los cultos a la personalidad, si son fanáticos, no conducen a nada bueno. Pero tampoco voy a decir que no aprecio vuestro interés. Habrá una revelación de un conflicto profesional que acabo de tener cuando finalice esta serie en estos días.

La verdad es que puedo ser una persona demasiado “heavy” (como dicen en inglés), intenso. Mi entusiasmo por las cosas es agotador para muchas personas. No poca gente me ha dicho “me dejas agotado, eres agotador” a lo largo de los años. Mi entusiasmo, mi vitalidad heredada probablemente de mis orígenes valencianos o en todo caso de esa rama de mi familia no parece ir tranquilizándose mientras más viejo soy. Me he negado a aceptar las cosas “porque sí”, he llegado a tener duros enfrentamientos con gente que de haberla obedecido en su día, puede que yo hoy en día hubiese sido directivo en Wall Street. Nunca sentí miedo ni vergüenza hablando en público y estando delante de miles de personas. Me daba más vergüenza incluso el encuentro individual que el colectivo, era y soy más timido en un cara a cara antes que ante una audiencia.

Mi carrera de interés en lo político empezó realmente en 1999. Siempre me había interesado por la política, incluso desde niño y desde que yo recuerdo…a partir de 1988. Pero fue en 1999 cuando realmente decidí llevarlo a un paso más allá y aproveché para dar un discurso político en clase de historia durante la presentación de un proyecto oral. Hablé del federalismo y la doctrina de Hegel, unos temas bastante alejados de la mayoría cotidiana de chavales de mi edad. Luego ese mismo año también participé en una obra teatral: Las brujas de Salem. ¿El personaje para mí? La profesora, que ya tenía 73 años y era una experta en teatro me dijo “¿tú? El Reverendo Parris, sin duda”. Por una extraña razón, no sé si porque encajaba realmente con el personaje o no, cuando pronuncié la frase de la obra: “¡dáme el látigo, yo frenaré su pecado!”, la audiencia en el teatro rompió en carcajadas y aplausos. Quizá mi entusiasmo llegó a límites extremistas y hasta irreverendos cuando lo usé contra la pecadora…azotando demasiado fuerte…

Fue una época realmente intensa, de adolescencia…de gente malintencionada también que a veces intentaba provocarte en el recreo, pues en aquella época no existía la cultura hiper-protectora con los jóvenes que hay ahora. Tenías que resolverte tú mismo los problemas. Soy capaz de dar hostias cuando hace falta e hinchar labios si se meten conmigo. A veces es el recurso consuetudinario más apto para determinados individuos. Que no te engañe mi apariencia delgada – la adrenalina hace milagros.

1999 era el año de mi graduación en el bachillerato. Fue el año que tomé un tren solo para Nueva York en un día gélido de invierno, para presentarme en la oficina de admisiones en la Universidad de Columbia. Ya sabía yo en 1999, a la vista de mis notas e intereses, dónde quería estudiar. Pero los aplausos y buenas notas en un pueblucho de inviernos más brutales que los de Nueva York no iba a impresionar a nadie en Columbia. Entré al campus y lo primero que me preguntaron en esa oficina fue “¿tienes cita con alguien”? Yo: Pues no, he venido a presentarme simplemente. “Ah, vale. Ya saldrá alguien a atenderle”. Pasaban las horas y no salió nadie a verme. Salí, cogí un taxi y me alojé en un hostal sucio de mala muerte en una de la Avenida Amsterdam de Manhattan. Muy cerca de Columbia, pero una zona bastante mala y peligrosa en aquellas fechas. Pero un chaval de 18 años poco dinero estaba manejando. Llamé al campus y dí mi nombre. “Pues salieron dos señores responsables y no vieron a ningún joven con aspecto universitario esperándonos”. Pues deberían haberme reconocido, llevaba una corbata color vino tinto, camisa blanca y panatalones gris. Realmente no sabían qué hacer conmigo. Yo, viniendo de un entorno bastante conservador y neopuritano, a un campus progresista y casi comunista en Manhattan. Según los de la “bella sociedad” en aquél entonces, yo no era ni atlético, ni tampoco encajaba con las subculturas o tribus urbanas conocidas. No se me consideraba feo para nada, se me consideraba atractivo y muy pulcro, bien vestido, delgado, de estatura normal, pero no socialmente apto para un campus progresista. Todavía en aquella época yo aprendía mucho. Me preguntaban mucho si no sería mejor solicitar admisión en la Universidad de Princeton o Harvard, ambas de orígenes puritanos.

Solicité admisión en Boston College pero fui rechazado por mis orígenes protestantes. Boston College es una universidad católica, aunque académicamente prestigiosa. Cuando recibí la primera carta de rechazo pensé que debía rendirme y no ir a la universidad en Estados Unidos. En aquella época mis criterios raciales también eran muy conservadores y eso jugaba en mi contra. Pensé que igual me rechazarían de Columbia porque una de las que me entrevistaron era una señora negra-americana. Pensé “igual dije algo malo hacia ella o ella percibió racismo de mi parte”. Ya cuando estaba preparando las maletas para irme a España definitivamente y olvidarme de EEUU, no se me olvidará jamás ese día – fue un 15 de noviembre, año 2000 y el entorno cerca de Boston ya estaba totalmente en modo otoñal con las hojas amarillas, rojas, naranja…sonaba mi teléfono y una voz de mujer negra americana estaba en la otra línea. “Buenos días, ¿se encuentra don Alfredo, por favor”? Sí, dígame. Soy Alfredo. “No joven, no es ninguna broma escuche: hemos decidido admitirle sine qua non a la Universidad de Columbia. ¿Podría venir esta semana a firmar unos papeles si le interesa nuestra oferta”?

Hubiése sido muy fácil para muchos permitir que el éxito académico y el “prestigio” de mi universidad adoptada me subiera a la cabeza. Pero de ninguna manera alguien que fue criado en doctrinas presbiteriana-protestantes (puritanas, realmente) deja que estas cosas le endiosen. La verdad es que agradezco poder haber tenido la suerte o bendición de poder haberme aprendido la Biblia. Muy pocos niños hoy en día tienen esa oportunidad y creo que soy mejor persona, que hablo mejor y pienso mejor gracias a aquellos sermones duros que, irrelevantes o no, anticuados o no, extremistas o no, forjaron en mí una manera de ser. Yo no creo que haya tan solo una persona de mi edad (en España) que haya podido escuchar lecciones contra la música rock, o el baile moderno, o los peligros del placer. Mi entorno educativo no estaba centrado en elogios al niño. Tenías deberes en las aulas, con tu tutor, y el deber era el deber. Nadie te decía “ohh qué bien niño” por cumplir las normas. El elogio al deber no es nada puritano. Los niños eran un mal necesario.

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