Alexander Hamilton, Capítulo 4(I): Entre la tinta y la espada

Ya cuando Hamilton había escrito su ensayo “El granjero refutado”, el Parlamento británico había declarado un estado de rebelión y alarma en el estado de Massachussetts y ratificaron todas las medidas del rey, fruto de su determinación inquebrantable a la hora de adoptar todas las medidas necesarias para obligarles a someterse. En la noche del 18 de abril de 1775, ochocientos soldados británicos salieron de Boston en búsqueda y captura de Samuel Adams y John Hancock y para apoderarse de un arsenal de municiones de los patriotas en Concord. Atravesando Lexington, se encontraron con un batallón compuesto de una abigarrada masa de granjeros armados, conocidos como los “Minutemen”, y en el subsiguiente intercambio de disparos, los británicos mataron a ocho colonos y luego a otros dos más en Concord. Cuando los Casacas rojas se retiraron desordenadamente rumbo a Boston, fueron acribillados por los disparos de francotiradores que se escondían detrás de los setos, muros de piedra y cercas, dejando un rastro sangriento de 273 bajas británicas frente a los noventa y cinco muertos o heridos en el bando de los patriotas.

La noticia llegó a Nueva York dentro de cuatro días, y rápidamente se apoderó de la ciudad un espíritu de insurrección. La gente se reunía en las tabernas y en las esquinas para reflexionar sobre los acontecimientos, mientras que los “Tories” se estremecían. Uno de estos últimos, el juez Thomas Jones, observaba la tormenta exultante por los rebeldes en las calles “con tambores y banderas desplegadas, a la que asistía una multitud de negros, niños, marineros, y carteristas, invitando a toda la humanidad a levantar las armas en defensa de la los derechos y libertades heridas de América ‘”, dijo.

Hamilton fue ese colegial singular que podía tomar las armas tan rápido como la pluma. El 24 de abril, una notable multitud de patriotas, unos ocho mil, se reunía en frente del Ayuntamiento de Nueva York. Mientras que los radicales estaban mareados por el entusiasmo, muchos comerciantes leales a la corona, aterrorizados, empezaron a comprar sus pasajes para huir a Inglaterra. Al día siguiente, un panfleto anónimo culpó al presidente de King’s College, Myles Cooper y otros cuatro “señores desagradables” por la muerte de patriotas en Massachusetts. Un Myles Cooper desafiante no se apartó de su puesto en la Universidad.

Después de una manifestación en la noche del 10 de mayo, cientos de manifestantes, armados con palos y calentados por una mezcla embriagadora de retórica política y licor descendió hacia King’s College, listos para tomar la justicia por su cuenta y ajusticiar a Myles Cooper. Nicholas Ogden, ex alumno, vio el enjambre de la multitud enfurecida descendiendo hacia la universidad y fue corriendo al cuarto de Cooper para alertarlo de lo que se avecinaba, instando al presidente a salir por una ventana trasera. Debido a que Hamilton y Troup compartían una habitación cerca del aposento de Cooper, Ogden también les alertó que la turba anárquica libertariana se acercaba.

Después de que la multitud derribó la puerta y subió hacia la residencia, Hamilton se lanzó a dar un apasionado discurso, diciéndole a los manifestantes vociferantes que su conducta, en lugar de promover su causa particular, sería “una desgracia para la causa gloriosa de la libertad”. Una leyenda urbana afirma que Cooper, un poco sordo, asomó la cabeza desde una ventana de la planta superior y al observar como Hamilton gesticulaba en el escalón de abajo, pensó equivocadamente que su pupilo estaba incitando a la gente en vez de pacificarlos y les gritó: “No importa lo que dice, está loco!” La versión más plausible es que Cooper hacía tiempo que había desaparecido, saliendo por patas en su pijama, a instancias de Ogden. Al día siguiente, tras pasar toda una noche en las orillas del río Hudson, Cooper también huyó en barco a Inglaterra desde donde continuó a criticar con dureza a los colonos durante el resto de su vida y, como buen ejemplar de la Iglesia de Inglaterra, mintió en muchos de sus poemas sobre los acontecimientos.

Durante esta misma época, en 1774, entra en vigor la famosa “Ley de Quebec” — Londres daba reconocimiento oficial a los “derechos” del pueblo francés del Quebec: el uso de la lengua francesa, la práctica de la religión católica y el uso del Derecho Romano en lugar de la Jurisprudencia anglosajón. Antes de esta fecha la situación de la religión católica era muy frágil y las posibilidades para católicos, muy limitadas. No obstante, Hamilton pudo detectar enseguida la verdadera intención siniestra detrás de esta nueva ley británica, que no era otra cosa que la intención de dar de alta a los clérigos católico romanos de Canadá en la causa contra la libertad. Dijo así Hamilton: “Esta ley desarrolla el diseño oscuro del ministerio mucho más que cualquier cosa que han hecho y muestra la intención real de los que han formado un proyecto sistemático de poder absoluto”. Para los colonos, esta ley era una agresión clara, pues además existía el peligro de la imposición del Derecho civil francés contra el sistema británico de jurisprudencia.

Si Hamilton demuestra algunos temores atávicos, propio de hugonotes contra el papado, también empezaba a defender una idea que iba a resonar directamente a través de la Guerra por la Independencia y más allá: que la mejor postura de un gobierno hacia la religión ha de ser una de tolerancia pasiva y NO la promoción activa de una iglesia establecida o particular como por desgracia ocurría y ocurre en Europa.

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