Los sindicatos

Hoy quiero hablar de los sindicatos y su relación con el intervencionismo contra el que luchamos todos los liberales de bien.

 

El nuevo principio, después del surgimiento de los sindicatos en el siglo XIX, era la “corrección” del mercado mediante normas convenidas y aseguradas por la manipulación de la oferta. Básicamente, la asociación obrera no es otra cosa que un cartel de precio y condiciones. En respuesta a las obreras, surgieron las asociaciones de patronos. También debemos considerar como apunte el surgimiento del Somatén en Cataluña; aunque esta es una cuestión que rebasa los límites de mi terreno hoy. El resultado de todo esto lo vimos en el siglo XX: el individualismo clásico fue disuelto por la del individualismo de grupos. Este mundo de organizaciones emerge primero con lenta indecisión y luego bruscamente. Cuando se adueñaron las organizaciones del total edificio de la economía se hicieron visibles las consecuencias. La más importante era la progresiva rigidez de costos y precios. Aquella elástica flexibilidad que la economía de la libre concurrencia requería se debilitó ó desapareció por entero en determinados campos del mercado.

 

En cuanto el Estado se ve forzado a patrocinar cuantos fines puedan perseguir las agrupaciones, muchas veces contradictorios entre sí, su situación se hace peligrosa. Hasta en los Estados Unidos se ha llegado así a una desnaturalización de las negociaciones colectivas de las grandes agrupaciones y así, los conflictos sociales entre agrupaciones se convierten en asuntos políticos. El Estado, de esa forma, corre el riesgo de convertirse en funcionario al servicio de las agrupaciones enemistadas.

 

En fin, que el hábito de buscar ayuda en el Estado para todo tipo de necesidad crea en los individuos y grupos supuestamente agraviados la propensión a hacer responsable a la democracia del caos dominante. Basta que surjan el Fuehrer y una nueva élite para que suene la hora de practicar el viraje hacia el estado totalitario.

 

El totalitarismo es el mismo siempre, aunque no lo sea su origen. Siempre se distingue por abolir la libertad del hombre, que es incondicionalmente sometido a un sistema de coerción. En el fondo no hay más que un solo argumento decisivo a esgrimir contra el totalitarismo; un argumento que parte no de los órdenes inferiores de economía y técnica, sino de ese orden que es central para el hombre: el de los valores fundamentales de la persona humana. Un error ontológico ha trazado su ruta sobre el hombre; la postrera jornada es la abdicación de la persona humana a favor del absolutismo de una persona colectiva. Es lo que Marx entendía por “socialización”: insertar la totalidad del ser del hombre en la totalidad social, en la sociedad comunista universal. Lenin acarició el mismo sueño, pero no tardó en advertir, al enfrentarlo con la realidad, que la síntesis “colectivismo y libertad” es una combinación irreal; de ahí sus palabras: “la libertad es un prejuicio burgués”. Lo verdaderamente censurable no es la barbarie de sus medios, sino lo antinatural e inhumano de sus fines.

 

Los dogmas de esta época vacía y postmoderna, tejidos de historicismo o materialismo dialéctico, alientan la fe en los “trends”, las tendencias que indiquen el rumbo de la evolución. El que pacta con el “trend” y la necesidad del momento olvida el valor y la amplitud de la libertad. No debemos negar que la tentación de recurrir al totalitarismo es fuerte cuando la depresión patentiza el caos de una sociedad encallada en el pluralismo. Cuando el hombre no encuentra, en la amplia complejidad de su vida, mas que un sólo poder ante el cual debe inclinarse, será siempre a costa de su dignidad y valor.

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Este artículo ya lo había incluído en mi antigua bitácora pero muchos lectores desconocen mis ideas y por eso las que creo relevantes las voy colgando aquí.

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